lunes, 7 de noviembre de 2011

Reinos de Hispania: hoy tocamos los suevos, un pueblo con pelotas







Los suevos fueron un pueblo germánico procedente del norte de Europa. Ya en su día (cualquiera que fuese, pongamos un viernes a media mañana, antes del lunch), el propio Cornelio Tácito los menciona, aunque en realidad más bien debió de insinuarlos, pues como indica su apellido, fue hombre de pocas palabras.

En sus migraciones hacia el sur y el oeste, y a diferencia de lo que cabría pensar, los suevos no viajaron con Ryanair, sino andando, pues el suevo era un pueblo aguerrido y ajeno al desaliento. No en vano hoy en día quedan ciertos vestigios de tal bravura plasmados en la frase “tener un par de suevos”.

En diciembre del año 406, dirigidos por su rey, Hermerico, y en compañía de otros pueblos germánicos, cruzaron las gélidas aguas del Rin. Durante el transcurso de la travesía, y debido a la baja temperatura a la que se encontraba el río, se acuñó otra célebre expresión que también ha llegado a nuestros tiempos, “se nos están helando los suevos”.

Sobre las razones que impulsaron a los suevos a abandonar sus tierras, o bien no se ha escrito demasiado, o bien yo no he encontrado nada. No obstante, a pesar de mi impericia y tras más de diez minutos de ardua y profunda reflexión, me atrevo a enunciar una hipótesis. Los suevos, de carácter jovial y desenfadado, se vieron oprimidos por la aparición en escena de otro pueblo nórdico, el de los escondinabos (vocablo o palabro procedente del subnormando, lengua medio muerta o exhausta, compuesto de escondi=calzón + nabo=cillo, es decir, calzoncillo), reacio a la exaltación de la informalidad en el vestir de la que hacía gala el pueblo suevo. Como digo, los escondinabos o calzoncillos, trataron de acomodarlos a sus propios usos y costumbres, poniendo a los suevos de corbata y traje largo. Como consecuencia de la presión ejercida por los primeros sobre los suevos, éstos últimos optaron por huir, pues como a otros muchos pueblos de la época, la moda de aquél entonces les tenía hartos hasta a los suevos.

En su Historia Sueborum, Isidoro de Sevilla deja constancia de que el Regnum Sueborum duró exactamente 177 años y fecha erróneamente su inicio en el 408, ya que los suevos no penetraron en la península Ibérica hasta el 409, debido en parte a que eran extremadamente tranquilos (suevones) y por otro lado a que iban avanzando torpe y lentamente (pisándose los suevos).
Cuando finalmente llegaron a Hispania, se asentaron en el noroeste de la península Ibérica, estableciendo su capital, con buen criterio no carente de cierta ironía, en Braga (algunos historiadores afirman que por despecho hacia los escondinabos o calzoncillos, otros no lo afirman ni lo desmienten y hay dos o tres que no se han pronunciado todavía). El régimen de gobierno que adoptaron fue el de la monarquía, es decir, se hacía lo que le salía al rey de los suevos.
Sobre la presencia del pueblo suevo en la península Ibérica se sabe mucho (un suevo y parte del otro), a excepción de aquello que aconteció durante el período que transcurre desde el 469 al 558, llamado Período Oscuro. Se trata de una laguna histórica debido a la escasez de fuentes, aunque bien pensado, resulta paradójico que a raíz de la escasez acuífera se obtenga como resultado la generación de una laguna, en todo caso se trataría de un secarral histórico. Dejando al margen estupideces y cuestiones triviales, trataré de arrojar algo de luz sobre lo que realmente sucedió en este período.
Una de las principales razones que justifica la ausencia de datos sobre esta etapa de la historia de los suevos fue una cuestión de actitud. Falta de motivación, pasividad, tal vez desidia… Durante casi noventa años, y aunque no sea fácil de creer, estuvieron tocándose los suevos, fundamentalmente a sí mismos, pero también los unos a  los otros, por lo que no faltaron motivos para riñas y disputas. Una expresión que refleja fielmente el espíritu de la época es la siguiente: “me importa un suevo”. La falta de actividad intelectual, pero fundamentalmente física, llevó a que la población, en general, sufriera trastornos alimenticios y tendiera de forma escalofriante al sobrepeso, siendo muy común entre los reinos limítrofes hablar en estos términos despectivos “qué gordos tienen los suevos”, refiriéndose a casos especialmente extremos, como el de Humpty-Dumpty, uno de los suevos más voluminosos que existió, que como todo el mundo sabe, cayó desde lo alto de un muro, dando origen a los “suevos rotos”, sin que ninguno de los caballos ni caballeros del rey pudieran hacer nada en absoluto por volver a recomponerlo.
Esta época tan apática como antipática tampoco estuvo exenta de picaresca y pillaje. A menudo se relacionó a este pueblo con el latrocinio y el hurto, por lo que a partir de entonces ambos términos irían de la mano a lo largo de la Historia, en la forma que sigue: “suevos con chorizos”.
Ante tal derroche de virtudes internas resulta insólito que ninguno de los pueblos colindantes aprovechara la ocasión para invadir el territorio ocupado por los suevos. Existe una teoría que justifica o, cuando menos, explica esta aparente falta de ambición estratégico-militar. En realidad se trató, más bien, de una lamentable confusión originada por la prescripción facultativa de un eminente y prestigioso endocrino. Según he podido averiguar, el rey visigordo Don Todorico Rico Rico, conocido por su gran capacidad para ingerir alimentos y aquejado por una hipercolesterolemia aguda y una tasa de triglicéridos tan grande que tenía personalidad propia, se puso en manos del célebre nutricionista Don Levigilo Ladieta Severa. Este último, cuya fama como autoridad en la materia le precedía, se dirigió al rey de los visigordos en los siguientes términos: “Don Todorico, a partir de ahora, los huevos ni tocarlos”. Comoquiera que el doctor, de origen borgoñón, tendía a hacer la liason en cuanto se presentaba la menor ocasión, y dado que el rey, a pesar de que jamás lo quiso reconocer, andaba justo de oído, ocurrió lo que tenía que ocurrir. Los suevos jamás fueron acosados por los visigordos, perpetuando su período oscuro por casi noventa años. Sin embargo, no muy lejos de allí, el monarca Todorico, ajeno a la verdad, falleció a las pocas semanas de aquello, cuando asistía, en calidad de presidente del jurado, a una cata y degustación de tortillas de quesos semicurados.
¡Manda suevos!

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Sucesos par(i)dos… En primera persona





Basado en hechos casi ficticios:

-Vamos a ver, Manolín, dado que estamos en clase de gramática, te voy a pedir que analices la frase “Paco duerme siesta todas las tardes”.
-Ya la he analizado, señorita.
-Bravo, Manolín, ¿querrás compartir con el resto de la clase tus conclusiones?
-Claro. Deduzco que Paco es funcionario, jubilado, o bien recibe algún tipo de prestación por desempleo. Por ese motivo duerme siesta todas…
-No, hombre, no. Me refiero a un análisis más gramatical.
-Vaya, ya estamos…
-Vamos a ver, Manolín, ¿sabrías analizar la oración?
-Yo de oraciones poco, señorita, soy agnóstico ortodoxo no practicante.
-Pero seguro que sabrás decirme quién es el sujeto de la oración.
-Bueno, normalmente el sujeto es Jesús.
-¿Cómo que normalmente?, ¿cómo que Jesús? Querrás decir Paco.
-No, no, qué va, es Jesús, a él se encomienda mi madre siempre en sus oraciones.
-No me estás entendiendo. El sujeto de una oración es aquel que realiza la acción que desarrolla el predicado. En el caso de “Paco duerme siesta todas las tardes”, ¿quién sería el sujeto?
-Señorita, en este caso no creo que haya sujeto.
-¿Cómo que no? ¿Y Paco?
-Que yo sepa, Paco está durmiendo, como todas las tardes. No creo que esté para mucha acción.
-Bueno, bueno, no pasa nada. Un mal día lo tiene cualquiera. Definitivamente nos quedamos con que el sujeto es Paco, ¿de acuerdo?
-Si usted lo dice…
-Sigamos pues, ¿qué persona es Paco?
-¿Cómo dice?
-¿Qué persona es Paco?
-Paco… es… Paco, ¿no? A no ser que sea Jesús o el Espíritu Santo…
-No, no es eso a lo que me refiero, ¿qué persona representa Paco?
-¡Ya lo tengo! ¡Es vigilante nocturno!, por eso necesita dormir siesta cada tarde.
-No, no van por ahí los tiros.
-Pues entonces no tengo ni idea. Necesito más datos.
-¿Cómo que más datos?
-Claro, señorita, apellidos, domicilio, número de identificación fiscal, no sé, algo para saber qué clase de persona es ese tal Paco.
-Veo que no dominas mucho la cuestión de los pronombres personales, Manolín. Tienes que estudiar más…
-Dígame al menos el primer apellido, se lo ruego… ¿Es López? ¿Paco López?, ¡¿es Paco López?!, ¡¡por favor!!, ¡¡quiero otra oportunidad!!
-Está bien, vamos a repasar los pronombres personales. ¿”Yo” qué persona es?
-¿Usted? Usted es la señorita, ¿no?
-No me refiero a yo de usted sino a yo de yo.
-Pues no sé, yo de yo será como un yo interior, como una especie de mí mismo.
-No, no, y mil veces no. Vamos a ver, Manolín, ¿quiénes son la primera, segunda y tercera persona del singular?
-¡Ah!, señorita, haber empezado por ahí. La primera persona fue Adán, luego vino Eva, que salió de la fe moral de Adán, siendo la segunda persona, y la tercera persona no me la sé, pero no ha estado mal, he acertado dos de tres, ¿he aprobado, maestra?
-¡No tienes ni idea! ¡La primera persona soy “yo”, y la segunda “tú”!
-Es usted un poco ególatra señorita.
-No soy ególatra, la primera persona siempre es “yo”. Si tú fueses “yo”, tú serías la primera persona.
-¡Qué lío! Si yo fuese usted sería mucho más comprensivo.
-No me entiendes, pregúntate a ti mismo, ¿quién soy yo?
-¿Quién soy yo?
-No es eso, pregúntate ¿qué persona soy?
-¿Qué persona soy?
-No, no, no. Responde a la pregunta.
-Pues soy una persona honesta, sincera y poco estudiosa.
-Veo que no lo terminas de captar. Yo soy yo, y tú eres tú, pero si tú fueses yo, para ti yo sería tú. Yo soy la primera persona y tú la segunda, aunque para ti, tú, que eres yo, serías la primera y yo que soy tú, sería la segunda. Es muy sencillo.
-No estoy de acuerdo, no me gusta nada toda esta compleja arbitrariedad.
-Nada de eso. ¿Quién es la tercera persona?
-¿Aún hay más gente?
-Sí, la tercera persona es “él”.
-¿Él? ¿Quién?
-¡Él!
-¿Jesús?
-¡No! ¡Él, él, él!
-Pero, ¿cuál de todos? El Rober, el Johnny, el Moñas, ¿cuál?
-Es igual, cualquiera de ellos.
-No lo entiendo. ¿El Johnny mismamente?
-Por ejemplo.
-Entonces el Rober, ¿qué es?, ¿cuarta persona del singular?
-Manolín, no hay cuarta persona.
-No lo entiendo, señorita, la gramática no tiene lógica.
-Bueno, Manolín, ¿qué has entendido hasta ahora?
-Poca cosa, que usted es una persona de primera y yo soy de segunda.
-Da igual, ya lo comprenderás cuando vayas a la Universidad, en horario de tutorías. En la oración que nos ocupa, Paco es el sujeto, tercera persona del…
-Alto, un momento, un momento… ¿No habíamos quedado en que la tercera persona era el Johnny?
-Pues ahora es Paco.
-No lo entiendo.
-No hay nada que entender, ¡es Paco y punto!, ¡asúmelo!
-Vale, vale…
-Bien, ya sabemos que Paco es el sujeto, tercera persona, ¿singular o plural?
-Pues Paco López es una persona con una serie de particularidades, como casi todo el mundo, que hacen de él un tipo muy singular. Mi respuesta es singular, ¿es correcto?
-Sí, es correcto. Bien, Paco es el sujeto, tercera persona del singular. Vamos ahora con el predicado, ¿sabes qué es el predicado?
-El predicado es lo que decía el profeta, ¿no?
-No… Bueno… Es posible… ¿Cómo está formado?
-¿El profeta o el predicado?
-El predicado, ¡por Dios!
-El predicado por Dios está formado por los Evangelios, las Sagradas Escrituras…
-Para, para, para... No me refiero a ese tipo de predicado, ¿sabes cómo se forma un predicado normal?
-A base de ejemplos.
-¿Qué cojones dices?
-Pues eso, mi padre siempre dice que hay que predicar con el ejemplo…
-Vamos a centrarnos en la oración que nos ocupa. El predicado sería “duerme siesta todas las tardes”.
-No lo entiendo.
-¿Qué coño no entiendes?
-No me parece que dormir siesta todas las tardes sea un buen ejemplo a seguir.
-¡Y a mí qué más me da que sea un buen ejemplo a seguir! ¡Es una puta frase!, ¡¡es sólo una puta frase para analizar!!
-Señorita, está usted perdiendo los papeles, cálmese, por favor.
-Está bien, de acuerdo, vamos a serenarnos un poco… El verbo, ¿sabes qué es un verbo?
-En el principio.
-¿Cómo que en el principio?
-Efectivamente, y cito textualmente de memoria:"En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas" (Juan. 1:1-3).
-¡Esto no tiene nada que ver con la gramática ni con la sintaxis, ni con nada de nada!
-Señorita, debería usted leer más la Biblia, tal vez ilumine su camino.
-Mira, Manolín, no has estudiado absolutamente nada, tienes una confusión notable.
-¿Notable? Muchas gracias, señorita, es una nota muy buena. Tenía razón, es usted una persona de primera.

lunes, 22 de agosto de 2011

Sucesos par(i)dos…Por los pelos





-Camarero, tengo varios pelos en el rabo.
-Disculpe que no me entusiasme su incipiente virilidad, pero resulta que tengo mucho trabajo.
-No, no es eso. Digo que hay varios pelos en mi rabo de toro.
-La distribución capilar de su miembro masculino, por muy bravo que sea el mismo, es algo que no me incumbe, señor.
-No me ha entendido. Le digo que he descubierto tres pelos al lado del rabo de toro que me ha servido.
-¿Al lado?, ¿de dónde?
-Pues imagino que de alguna de sus cabezas, o al menos eso espero.
-No le preguntaba por la procedencia de los pelos, sino por su ubicación.
-Están en mi plato de comida.
-Eso debería probarlo.
-No creo que me guste.
-Quiero decir que necesito pruebas o que lo demuestre.
-Aquí están, entre el rabo y esta patata.
-Yo no los veo.
-Tendrá usted mal la vista, pero le aseguro que están ahí.
-Ya sé que tengo mal la vista, pero eso no demuestra nada.
-Vamos a ver. Hay tres pelos en mi plato de comida, se lo aseguro.
-¿Y qué quiere que haga yo?
-Que me lo cambie.
-¿Qué clase de cabello prefiere?
-No quiero que me cambie los pelos, sino el plato.
-¿No le gusta el diseño del plato?
-El problema no lo tengo con el plato, sino con los pelos que he encontrado.
-Entonces, ¿por qué quiere que le cambie el plato?
-Me da un poco de asco.
-¿El plato? Le advierto que son todos iguales…
-No. Me dan un poco de asco los pelos que tengo.
-Pues láveselos más a menudo. ¿Utiliza acondicionador para cabello graso?
-Oiga, yo no tengo ningún problema con mi pelo.
-En ese caso no sé a qué viene tanta queja.
-Para ser usted tan imbécil parece bastante profesional.
-Gracias, aunque no sé cómo tomarme eso.
-Como un insulto.
-De acuerdo, sólo quería confirmarlo.
-Bien, ¿me va a cambiar el plato o no?
-Cuando lo pruebe.
-Mire, lo siento, no creo que pueda demostrar la existencia de los pelos si usted no colabora.
-Me refiero a que lo pruebe, tal vez no esté mal de sabor.
-No creo que sepa bien lo que me propone.
-Quizás sí sepa bien, aún no lo ha probado.
-Digo que no tiene usted ni idea. No sepa de saber, no de sabor.
-Hombre, no se precipite, no sabe a qué sabe. Además, quién sabe, tal vez el pelo pertenezca al propio rabo del toro. En ese caso estaría incluido en el menú, ¿sabe?
-Llámeme escéptico, pero unos cabellos de 30 centímetros de longitud y de color rubio platino no creo que sean de toro.
-Nunca se sabe, podría tratarse de un toro muy coqueto y sofisticado.
-Oiga, creo que me está usted tomando el pelo.
-Le aseguro que no, tiene usted una seborrea poco apetecible.
-Tomar el pelo es una frase hecha, ¿sabe lo que significa?
-Que es una frase poco cruda o bien cocinada.
-Sigue usted tomándome el pelo, ¿lo ve?
-Le aseguro que sigo sin verlo, ya le dije que tengo mal la vista.
-Mire, déjelo. Retíreme el plato. Después de comer el rabo de toro, ¿qué viene?
-La digestión del rabo de toro, señor.
-Me refiero a si tiene algunos segundos.
-Me temo que ya le he dedicado demasiado tiempo a usted. Minutos más que segundos, diría yo.
-Quiero decir si tiene segundos platos.
-¡Ah! Sí, tenemos medallones de ternera mechada.
-¿Mechas?
-Señor, le echo la cantidad que usted desee, pero no me sea impaciente…
-No me refiero a eso. Da igual. Tráigame algo para beber mientras tanto.
-¿Mientras qué?
-Tanto.
-¿Tanto qué?
-Tanto da.
-¿A qué tanto se refiere?
-No está usted al tanto.
-La verdad, no tanto.
-Tanto monta, monta tanto.
-Déjese de tanta tontuna, ¿qué coño desea para beber?
-Agua.
-¿Alguna en especial?
-No, simplemente un agua rica.
-¿La quiere del desagüe del fregadero o la prefiere directamente de la fosa séptica?
-¿Cómo dice?
-El agua, usted ha pedido que sea guarrica.
-No me ha entendido. Rica, he dicho rica. Un agua rica, no una guarrica. ¿Comprende la diferencia?
-Ahora sí.
-De acuerdo, pues tráigame un vaso.
-¿Lo desea lleno o vacío?
-Lleno, por favor, de agua limpia de manantial.
-Mire, por la zona no discurre ningún cauce fluvial, si no le importa el agua será de botella.
-De botella estará bien.
-¿Gas?
-No, mejor líquida.
-¿Hielo?
-No coño, ya se lo he dicho, la quiero en estado líquido.
-Disculpe, pero el agua que tenemos es mineral.
-Bueno déjelo, tráigame un café.
-¿Cómo lo quiere?
-Solo.
-Lo siento, pero no podemos desalojar el comedor por el simple capricho de un cliente egoísta y desequilibrado en busca de soledad.
-Me refiero a que quiero el café solo, sin nada.
-Supongo que sin nada, pero con café.
-Claro.
-Entonces será un café con café.
-Eso mismo.
-Un café doble entonces.
-No. Sólo un café solo. De Colombia, a ser posible.
-No es posible. El café es del supermercado, señor.
-Pero supongo que tendrá un origen.
-Sí señor, todo tiene un origen, un fin y una razón de ser.
-Tiene usted razón, aunque ignoro cuál es su razón de ser. Me bastará con que me sirva un café solo, del supermercado y sin pelos.
-¿Qué pasaría si encontrara pelos en el café?
-Que se le iba a caer el pelo a alguien.
-En realidad eso sería la causa, no la consecuencia, ¿no cree?
-Me cae usted mal.
-¿Qué insinúa?
-No insinúo nada. Afirmo que no me gusta nada su naturaleza humana.
-Lo imagino, no tengo ni un pelo de Toronto.
-Querrá decir de tonto.
-No, no, de Toronto. Tengo pelos de Vancouver y de Ottawa, pero de Toronto no. De tonto sí que tengo, se lo estoy tomando a usted en grandes cantidades.
-Haga usted el favor de traer el libro de reclamaciones.
-Le recomiendo cualquier otro tipo de literatura.
-¡Bueno, ya está bien! ¡Estoy harto! ¡Me voy!, ¡dígame qué le debo!
-De acuerdo. Serán 499 euros.
-¡¡¿Está usted loco?!!, ¡¿casi 500 euros?! ¡¡¿Por qué?!!
-Por los pelos, señor, no son 500 euros por los pelos.

jueves, 7 de julio de 2011

Sucesos par(i)dos…Por supuesto que sí







-Hola, ¿está abierto?
-No. Aún no. Abrimos a las 9, todavía faltan unos minutos.
-Pero…si acabo de entrar…
-Pues tendrá que volver a salir.
-No creo que pueda.
-¿Y eso?
-Me ha dicho usted que vuelva a salir. No puedo volver a repetir algo que todavía no he hecho. Como mucho, creo que podría salir por primera vez.
-En ese caso, hágalo. Espere usted fuera, si es tan amable.
-Me temo que eso tampoco va a ser posible.
-¿Qué?
-Me acaba usted de decir que está cerrado. Si salgo ahora tendré que volver a abrir la puerta, y no me gustaría cometer dos veces el mismo error. Soy una persona muy meticulosa y quisiera hacer las cosas bien.
-Tiene usted razón y además goza de mucho sentido común.
-Gracias. ¿Puedo esperar 5 minutos aquí dentro y salgo a las 9?
-¿Tiene usted prisa?
-No.
-¿Entonces?
-Me voy fuera para volver a entrar dentro, dentro de un momento.
-¿Dentro de qué?
-De un momento.
-No me ha entendido. Le preguntaba que dentro de dónde va a ir usted.
-Dentro de aquí.
-¿Y para qué va usted a salir?
-Para hacer las cosas como es debido.
-Ya no es necesario…
-Sí. Sí que lo es. Insisto. Para mí no es molestia, en serio…
-Digo que no es necesario porque ya está abierto.
-Señora, le garantizo que no he tocado la puerta, le doy mi palabra.
-Hablaba en sentido figurado. Ya son las 9 y por lo tanto ya puede entrar el público.
-No sabía que íbamos a tener espectadores, ¿dónde se van a sentar? Esto es muy pequeño, ¿no cree?
-Me refiero a público, gente, clientes, consumidores, personas…
-Comprendo. Si no le importa, voy a salir ahora. ¿A qué hora cierran?
-¡Por Dios! Pero, ¿cuánto va a tardar en volver?
-Quizás 10 o 15 segundos, tal vez más si usted me entretiene con preguntas absurdas.
-De acuerdo, salga, salga.
-No me ha respondido a la pregunta. Si es tan amable, dígame, por favor a qué hora cierran.
-A las 8.
-¡Lo sabía!, ¿lo ve? ¡Ya llego tarde! ¡Ha cerrado usted hace una hora!, ¿Por qué no me ha avisado antes? ¡Es usted una egoísta imprevisible! ¡Su crueldad no conoce límites!
-Cerramos a las 8 de la tarde. Tengo once maravillosas horas por delante para atender con saña despiadada a ejemplares de clientes como usted.
-Ufff, mucho mejor así. Ahora vuelvo.
-Como quiera…pero cierre al salir.
-¿Cierro antes, después o justo en el instante de salir?
-¿Por qué no me dice lo que quiere y acabamos ya con esto?
-Lo que quiero es salir, me estoy agobiando mucho.
-Váyase a tomar… el fresco.

………………………………………………

-Hola de nuevo, quisiera hablar con el dependiente.
-Lo siento señora, pero el muchacho del piercing hace un mes que ya no trabaja aquí.
-Creo que no me ha oído bien. Está usted un poco sorda.
-Con todos los respetos, gorda estará su madre.
-Sorda, dije sorda.
-Discúlpeme, creo que no oigo demasiado bien.
-Bien, si no está el dependiente me gustaría hablar con el responsable.
-Pues él mismo fue el responsable de su propio despido. Descubrimos que robaba chinchetas y las introducía en el mercado negro de lentillas de sol o también llamado mercado de lentes oculares fijas permanentes reflecto-refractantes opacas.
-¿De lentillas de sol o qué?
-Opacas.
-No. Me refería a la segunda forma de llamar al mercado ese.
-¡Ah! Mercado de lentes oculares fijas permanentes reflecto-refractantes opacas.
-¡Santo cielo! ¿Cómo es posible?
-Pues muy fácil, clavándose las chinchetas en los ojos, en teoría son muy útiles para evitar el exceso de luz solar. Como si fueran unas gafas definitivas, sin mantenimiento ni nada. En nueve de cada diez ocasiones, el globo ocular no resiste la incisión de la chincheta, pero no importa, porque en esos casos se rellena la cuenca vacía con plastilina blanca y se le adhiere un gomet de forma circular y color a elegir por el cliente. Ni falta hace decir que el dependiente despedido también robaba la plastilina y los gomets.
-Imagino que con chinchetas en los ojos se verá todo muy oscuro.
-Así es. Esa es la razón por la que se llama mercado negro.
-Ya veo.
-Usted sí, el 90% de ellos, por desgracia, ya no. De todas formas, ¿qué quería usted?
-Depende de lo que tengan. ¿Qué venden aquí?
-Se supone que usted ha entrado aquí porque viene buscando algo en concreto.
-En efecto, tiene razón, se supone.
-Tiene usted mucho tiempo libre, ¿verdad?
-En absoluto, siempre estoy ocupada tratando con gente supuestamente profesional.
-Supongo que se trata de una alusión hacia mi persona.
-Supone usted bien. ¿Tiene más suposiciones?
-No, se nos han acabado. Me queda un vayaseustedalamierda, ¿lo quiere?
-Detecto cierta hostilidad, ¿le supone algún problema mi presencia?
-Supongamos que sí.
-Suposición incorrecta.
-Se equivoca, mi posición es totalmente adecuada.
-No me refiero a su posición, sino a su suposición.
-¿Presupone que supongo mal?
-Presumiblemente.
-¡Váyase usted a la mierda! ¡Se lo regalo!
-Supongo que me lo he ganado.
-¡Por supuesto que sí!



lunes, 27 de junio de 2011

Qué oyen mis oídos…Cuñas publicitarias o coñas publicitarias, ¿qué más da o qué coño importa?



Aviso: Se llama “cuña” publicitaria a todo aquel anuncio que se introduce, a modo de cuña (¡qué imaginación tan desbordante!) entre sendas porciones o segmentos de programación radiofónica. Me tomo la libertad de llamar “coña” publicitaria a toda aquella “cuña” que ofrece la impresión de haber sido “acuñada”, bajo los efectos etílicos del “coñac” o de unas “cañas” de cerveza. Quedan avisados.






Recuerdo con claridad la primera vez que escuché esta cuña (o mejor dicho, coña) publicitaria. Iba en el coche, conduciendo (normalmente utilizo el coche para tal menester, aunque en ocasiones también me sirve como lugar favorito en el que olvidar objetos). Me dirigía concretamente a Nosedónde o a Dondefuera, da igual, ya que sendos lugares se encuentran indistintamente ubicados, muy cerca de Yoquesé. La cuestión es que tuve que detener el vehículo en el arcén para reponerme del shock que me produjo lo que acababa de escuchar por la radio: “Trae a tus hijos al parque zoológico de Tierra Madura Benidorm. Se buscan niños para dar de comer a tigres, leones, rinocerontes, búfalos y serpientes”. Mi primera reacción, después de respirar hondo varias veces, fue la de llamar por teléfono al Defensor del Menor. Tras pensarlo fríamente decidí no hacerlo, debido, en parte, a que no tenía su número en mi agenda y en mayor medida a que, como de costumbre, había olvidado el teléfono en casa.

Llegados a este punto quisiera hacer un llamamiento (evidentemente en sentido figurado, pues como imaginaréis, he vuelto a olvidar el teléfono, en esta ocasión en el coche, o al menos eso espero). Mejor dicho, dos. Dos llamamientos, eso es. Uno a la serenidad y otro a la coherencia. El primero va destinado a padres y madres de niños candidatos a ser devorados por las fieras. El segundo lo dirijo al talento del autor intelectual que ideó este festival antropófago-pueril travestido de cuña (a partir de ahora sólo me referiré a ella como coña) publicitaria.

A las madres y padres. Tranquilos. No os precipitéis. Recordad que, por muy díscolo e insoportable que pueda llegar a ser, sigue siendo vuestro hijo. En ocasiones merecerá algún tipo de castigo o reprimenda, pero el hecho de ser devorado por las fieras nunca, y repito, nunca, será una solución satisfactoria (tal vez para los leones y los tigres sí, para los búfalos no, pues creo que son herbívoros). Tampoco será justificable o admisible por ninguna de las distintas tendencias pedagógicas actuales.
Pensándolo bien, éste podría ser un método eficaz para amenazar a niños rebeldes y poco estudiosos. Imaginemos a mamá hablando con Manolito, su indisciplinado hijo de seis años: “Manolito, mamá te quiere mucho, pero tu desastroso final de curso académico dista mucho de lo que se espera de ti como hijo. Tu padre y yo hemos tomado una decisión, dolorosa, pero firme. Avalados por la autoridad que nos otorga la madre naturaleza, así como la potestad legal que sobre ti ostentamos, no nos resulta fácil comunicarte que si no superas el tercer trimestre nos veremos obligados a llevarte a Tierra Madura Benidorm, para que sirvas de manjar a los hambrientos leones.” La desventaja que se observa en este método es que la amenaza, si llegase el caso de tener que hacerla efectiva, tan sólo se podría llevar a la práctica en una ocasión.

Al talentoso autor intelectual de la coña. ¿Qué pasa? Sé que la situación económica por la que atraviesan los parques temáticos españoles no invita al optimismo precisamente, pero, ¿no hay recursos suficientes en Tierra Madura Benidorm para alimentar a los animales? Lo habitual es que éstos se nutran a base de “pienso”, pero según parece, además de con la primera persona, han consumido toda la capacidad del verbo “pensar”. Lo más sorprendente es que, además de en comida, han escatimado en complementos directos, por lo que se deduce que la cosa debe de estar fatal. Déjame adivinar… También fuiste tú el creador de la coña publicitaria del Castillo Conde de Alfaz: “Con tu entrada, el primer niño gratis y el segundo al 50%” ¿Qué coño hacéis con los niños?, ¿Regaláis los que no se comen los animales de Tierra Madura? No entiendo nada. Por favor, que alguien me lo explique, no es coña.

miércoles, 15 de junio de 2011

Fe de Ratas o la creencia en un Más Allá para roedores



Hace tiempo alguien me contó una preciosa historia sobre la vida de los ratones. El problema es que no presté demasiada atención y ahora, por desgracia, no la recuerdo. Ésta es la razón por la que me veo obligado a improvisar, como de costumbre, sin tener mucha idea sobre el lugar al que me llevarán mis pasos (palabras, mejor dicho, pues no se me da bien caminar y escribir a la vez).
Existe un vínculo común a ratas, ratones, hamsters, castores, ardillas, nutrias y demás roedores. Su fe. Una fe inquebrantable, a prueba de herejes caninos y felinos. Una fe que les hace pasar de puntillas (tal vez a saltitos) por esta vida, a la espera de la promesa de otra mejor, junto al Ratoncito Pérez o a San Mickey Mouse, rodeados por montañas de queso (supongo que del camembert Carpice des Dieux, por la alusión divina). De ninguna otra manera se explica su existencia rastrera y, en multitud de circunstancias, inmunda.
Sin embargo, y a pesar de la necesidad inherente al roedor de creer en un ser supremo (¿quizás Super Ratón?) al que encomendar sus ruegos y preguntas, existen voces (o el sonido que emitan, cualquiera que sea) discrepantes que niegan tal presencia divina, declarándose abiertamente escépticos al respecto.
Es precisamente esta disyuntiva la que me permite esbozar mi teoría, que es la que a continuación expongo. Los roedores pueden estar en lo cierto o no. Pueden tener o no la razón. Probablemente eso carezca de importancia. Lo realmente crucial es su derecho a poder estar equivocados. Por tal motivo, cuando alguien se percata de que ha cometido un error tiene la posibilidad de reconocerlo públicamente y enmendarlo mediante lo que se conoce como Fe de Ratas, vamos, digo yo.

lunes, 6 de junio de 2011

Sucesos par(i)dos…una empanada mental


Tras unos días sufriendo de ansiedad, y a la espera de que me abandone definitivamente, mi regreso no podía estar mejor justificado que con una visita a la consulta del médico.




-Doctor, estoy fatal.
-¿Qué le pasa?
-¿A quién?
-Dice que está fatal, ¿qué le ocurre?
-¿A quién?
-A usted, coño. A usted.
-¿Lo ve? Me está hablando en tercera persona y no me entero. Tengo un problema con las conjugaciones verbales, me ocurre en multitud de ocasiones.
-¿Verbigracia?
-No sé si se llama verbigracia o verborrea, pero a mí no me hace ni puta gracia.
-Ya veo, ya veo. ¿Qué le pasa a usted?
-Pues verá, mi mujer dice que tengo una empanada mental, ¿es grave?
-¿Es gallega?
-No. Mi mujer es senegalesa.
-Me refiero a su empanada.
-No, ella no las sabe hacer.
-Su empanada. La suya de usted. La mental, ¿recuerda?
-Sí, me suena de algo…
-Vamos a ver…
-Hablando de la vista. No veo claro el futuro.
-Mire, soy médico no vidente.
-¿Es usted ciego?
-No. No soy invidente, pero tampoco vidente.
-Es usted muy críptico, doctor, eso sí es evidente.
-Bueno, ¿ha visto usted alguna vez destellos en la oscuridad?
-No,  no conozco esa película. Yo soy más de cine de autor comprometido socialmente. “Asesinato justo” o “Estoy hecho un animal” van en esa línea.
-¿Le gustan a usted ese tipo de películas?
-No. En realidad las veo por compromisos sociales que tengo.
-De acuerdo. Dice que no ve claro el futuro, ¿a qué se refiere exactamente?
-Al futuro, que no lo veo claro.
-Oiga, ¿podría darme alguna pista más?
-Que lo veo todo negro.
-Tal vez necesite gafas.
-Pues cómpreselas, doctor, no sé por qué me cuenta esto a mí.
-Me refiero a usted. Tal vez usted las necesite.
-No creo. Lamento contrariarle, pero el presente lo veo bien. Lo que veo negro es el futuro.
-Quizás eso tenga algo que ver con el hecho de que desde que entró usted en la consulta ha mantenido los ojos cerrados. Trate de abrirlos, si no es mucha molestia.
-Muchas gracias, doctor, me ha devuelto la visión de futuro.
-¿Cómo se siente ahora?
-¿Quién?
-¡Usted, joder! Creo que vamos a tener que dejar de lado el tratamiento formal. Así no nos entendemos.
-¿Qué tratamiento? No sabía que ya me había recetado algo.
-Me refería al tratamiento de usted.
-Ya, al mío me refiero yo también, ¿qué es lo que debo tomar?
-Nada, déjelo, es igual. Antes le pregunté que cómo se sentía.
-¿Cuándo?
-Antes.
-¿Antes de qué?
-Antes le pregunté que cómo se siente ahora.
-¿Quiere que se lo diga ahora o antes? Antes ya no se lo puedo decir porque el inexorable devenir lineal del tiempo me lo imposibilita. Pero si tenemos en cuenta que ahora será antes dentro de un momento creo que me he bloqueado.
-No sufra. ¿Qué tal se siente ahora?
-Mucho peor.
-¿Por qué?
-Ahora lo que no veo claro es el pasado.
-Tal vez esté falto de memoria.
-Pues no lo deje pasar, doctor. Debería tomar usted más fósforo.
-¡Me refiero a usted!
-¿Falto de memoria? ¿Yo? Está usted muy equivocado, señor agente.
-¿Lo ve? No tiene usted recuerdos a corto plazo.
-Ahora lo veo todo claro. Creo que está tratando de confundirme, señor profesor.
-El diagnóstico de su mujer es bastante acertado.
-¿Qué le ocurre a mi mujer? Dígamelo, sin trapos calientes.
-Se dice sin paños calientes.
-No es momento de sacar los paños sucios.
-Se dice sacar los trapos sucios.
-Veo que es usted el puto amo de la jerga del sector textil, ¡vaya tela!
-No quisiera faltarle al respeto, pero dígame qué más puedo hacer por usted. Tengo más pacientes que atender.
-¿Y son pacientes de verdad?
-Por supuesto.
-Entonces no les importará esperar, pues la paciencia es la cualidad que define al paciente.
-Bueno, déjese de tonterías. ¿Desea algo más?
-Sí, un café y media tostada con aceite, camarero.
-Tenía usted razón. Está fatal. Memoria de mosquito, vista de murciélago, y por si esto fuera poco, veo que tiene patas de gallo.
-¿Insinúa usted que sufro una especie de metamorfosis animal?
-Se podría decir que, en el plano conceptual y desde el punto de vista meramente teórico, es usted una esfinge venida a menos.
-¿Cree que me estoy transformando en un ser mitológico?
-Verá, de mito tiene usted poco y de lógico menos todavía, así es que no.
-¿Qué me dice sobre mi belleza interior?
-Que debe de tener usted un bazo muy hermoso.
-Gracias, preciosa. Lo tengo hermoso y además suave.
-¿Suave?, ¿el bazo?
-En efecto. Aunque sería más acertado decir los bazos.
-¿Bazos?, ¿acaso cree tener más de uno?
-Por supuesto, tengo dos. Me los hice depilar junto con las piennas a través de rayos lácer.
-Querrá usted decir rayos láser.
-No, lo siento pero no lo querré decir.
-Mire, señor, se me está agotando la paciencia.
-A mí también. Hace más de un cuarto de hora que le pedí un café y media tostada, ¿a qué coño espera?
-No me parece muy apropiada su elección.
-¿Y eso por qué?
-Considero que a su empanada mental le va mejor un poco de vino de aguja.
-¿Rosado?
-No. Hipodérmica.
-Pues no se hable más. Le invito a una ronda, señor agente.



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