lunes, 27 de junio de 2011

Qué oyen mis oídos…Cuñas publicitarias o coñas publicitarias, ¿qué más da o qué coño importa?



Aviso: Se llama “cuña” publicitaria a todo aquel anuncio que se introduce, a modo de cuña (¡qué imaginación tan desbordante!) entre sendas porciones o segmentos de programación radiofónica. Me tomo la libertad de llamar “coña” publicitaria a toda aquella “cuña” que ofrece la impresión de haber sido “acuñada”, bajo los efectos etílicos del “coñac” o de unas “cañas” de cerveza. Quedan avisados.






Recuerdo con claridad la primera vez que escuché esta cuña (o mejor dicho, coña) publicitaria. Iba en el coche, conduciendo (normalmente utilizo el coche para tal menester, aunque en ocasiones también me sirve como lugar favorito en el que olvidar objetos). Me dirigía concretamente a Nosedónde o a Dondefuera, da igual, ya que sendos lugares se encuentran indistintamente ubicados, muy cerca de Yoquesé. La cuestión es que tuve que detener el vehículo en el arcén para reponerme del shock que me produjo lo que acababa de escuchar por la radio: “Trae a tus hijos al parque zoológico de Tierra Madura Benidorm. Se buscan niños para dar de comer a tigres, leones, rinocerontes, búfalos y serpientes”. Mi primera reacción, después de respirar hondo varias veces, fue la de llamar por teléfono al Defensor del Menor. Tras pensarlo fríamente decidí no hacerlo, debido, en parte, a que no tenía su número en mi agenda y en mayor medida a que, como de costumbre, había olvidado el teléfono en casa.

Llegados a este punto quisiera hacer un llamamiento (evidentemente en sentido figurado, pues como imaginaréis, he vuelto a olvidar el teléfono, en esta ocasión en el coche, o al menos eso espero). Mejor dicho, dos. Dos llamamientos, eso es. Uno a la serenidad y otro a la coherencia. El primero va destinado a padres y madres de niños candidatos a ser devorados por las fieras. El segundo lo dirijo al talento del autor intelectual que ideó este festival antropófago-pueril travestido de cuña (a partir de ahora sólo me referiré a ella como coña) publicitaria.

A las madres y padres. Tranquilos. No os precipitéis. Recordad que, por muy díscolo e insoportable que pueda llegar a ser, sigue siendo vuestro hijo. En ocasiones merecerá algún tipo de castigo o reprimenda, pero el hecho de ser devorado por las fieras nunca, y repito, nunca, será una solución satisfactoria (tal vez para los leones y los tigres sí, para los búfalos no, pues creo que son herbívoros). Tampoco será justificable o admisible por ninguna de las distintas tendencias pedagógicas actuales.
Pensándolo bien, éste podría ser un método eficaz para amenazar a niños rebeldes y poco estudiosos. Imaginemos a mamá hablando con Manolito, su indisciplinado hijo de seis años: “Manolito, mamá te quiere mucho, pero tu desastroso final de curso académico dista mucho de lo que se espera de ti como hijo. Tu padre y yo hemos tomado una decisión, dolorosa, pero firme. Avalados por la autoridad que nos otorga la madre naturaleza, así como la potestad legal que sobre ti ostentamos, no nos resulta fácil comunicarte que si no superas el tercer trimestre nos veremos obligados a llevarte a Tierra Madura Benidorm, para que sirvas de manjar a los hambrientos leones.” La desventaja que se observa en este método es que la amenaza, si llegase el caso de tener que hacerla efectiva, tan sólo se podría llevar a la práctica en una ocasión.

Al talentoso autor intelectual de la coña. ¿Qué pasa? Sé que la situación económica por la que atraviesan los parques temáticos españoles no invita al optimismo precisamente, pero, ¿no hay recursos suficientes en Tierra Madura Benidorm para alimentar a los animales? Lo habitual es que éstos se nutran a base de “pienso”, pero según parece, además de con la primera persona, han consumido toda la capacidad del verbo “pensar”. Lo más sorprendente es que, además de en comida, han escatimado en complementos directos, por lo que se deduce que la cosa debe de estar fatal. Déjame adivinar… También fuiste tú el creador de la coña publicitaria del Castillo Conde de Alfaz: “Con tu entrada, el primer niño gratis y el segundo al 50%” ¿Qué coño hacéis con los niños?, ¿Regaláis los que no se comen los animales de Tierra Madura? No entiendo nada. Por favor, que alguien me lo explique, no es coña.

miércoles, 15 de junio de 2011

Fe de Ratas o la creencia en un Más Allá para roedores



Hace tiempo alguien me contó una preciosa historia sobre la vida de los ratones. El problema es que no presté demasiada atención y ahora, por desgracia, no la recuerdo. Ésta es la razón por la que me veo obligado a improvisar, como de costumbre, sin tener mucha idea sobre el lugar al que me llevarán mis pasos (palabras, mejor dicho, pues no se me da bien caminar y escribir a la vez).
Existe un vínculo común a ratas, ratones, hamsters, castores, ardillas, nutrias y demás roedores. Su fe. Una fe inquebrantable, a prueba de herejes caninos y felinos. Una fe que les hace pasar de puntillas (tal vez a saltitos) por esta vida, a la espera de la promesa de otra mejor, junto al Ratoncito Pérez o a San Mickey Mouse, rodeados por montañas de queso (supongo que del camembert Carpice des Dieux, por la alusión divina). De ninguna otra manera se explica su existencia rastrera y, en multitud de circunstancias, inmunda.
Sin embargo, y a pesar de la necesidad inherente al roedor de creer en un ser supremo (¿quizás Super Ratón?) al que encomendar sus ruegos y preguntas, existen voces (o el sonido que emitan, cualquiera que sea) discrepantes que niegan tal presencia divina, declarándose abiertamente escépticos al respecto.
Es precisamente esta disyuntiva la que me permite esbozar mi teoría, que es la que a continuación expongo. Los roedores pueden estar en lo cierto o no. Pueden tener o no la razón. Probablemente eso carezca de importancia. Lo realmente crucial es su derecho a poder estar equivocados. Por tal motivo, cuando alguien se percata de que ha cometido un error tiene la posibilidad de reconocerlo públicamente y enmendarlo mediante lo que se conoce como Fe de Ratas, vamos, digo yo.

lunes, 6 de junio de 2011

Sucesos par(i)dos…una empanada mental


Tras unos días sufriendo de ansiedad, y a la espera de que me abandone definitivamente, mi regreso no podía estar mejor justificado que con una visita a la consulta del médico.




-Doctor, estoy fatal.
-¿Qué le pasa?
-¿A quién?
-Dice que está fatal, ¿qué le ocurre?
-¿A quién?
-A usted, coño. A usted.
-¿Lo ve? Me está hablando en tercera persona y no me entero. Tengo un problema con las conjugaciones verbales, me ocurre en multitud de ocasiones.
-¿Verbigracia?
-No sé si se llama verbigracia o verborrea, pero a mí no me hace ni puta gracia.
-Ya veo, ya veo. ¿Qué le pasa a usted?
-Pues verá, mi mujer dice que tengo una empanada mental, ¿es grave?
-¿Es gallega?
-No. Mi mujer es senegalesa.
-Me refiero a su empanada.
-No, ella no las sabe hacer.
-Su empanada. La suya de usted. La mental, ¿recuerda?
-Sí, me suena de algo…
-Vamos a ver…
-Hablando de la vista. No veo claro el futuro.
-Mire, soy médico no vidente.
-¿Es usted ciego?
-No. No soy invidente, pero tampoco vidente.
-Es usted muy críptico, doctor, eso sí es evidente.
-Bueno, ¿ha visto usted alguna vez destellos en la oscuridad?
-No,  no conozco esa película. Yo soy más de cine de autor comprometido socialmente. “Asesinato justo” o “Estoy hecho un animal” van en esa línea.
-¿Le gustan a usted ese tipo de películas?
-No. En realidad las veo por compromisos sociales que tengo.
-De acuerdo. Dice que no ve claro el futuro, ¿a qué se refiere exactamente?
-Al futuro, que no lo veo claro.
-Oiga, ¿podría darme alguna pista más?
-Que lo veo todo negro.
-Tal vez necesite gafas.
-Pues cómpreselas, doctor, no sé por qué me cuenta esto a mí.
-Me refiero a usted. Tal vez usted las necesite.
-No creo. Lamento contrariarle, pero el presente lo veo bien. Lo que veo negro es el futuro.
-Quizás eso tenga algo que ver con el hecho de que desde que entró usted en la consulta ha mantenido los ojos cerrados. Trate de abrirlos, si no es mucha molestia.
-Muchas gracias, doctor, me ha devuelto la visión de futuro.
-¿Cómo se siente ahora?
-¿Quién?
-¡Usted, joder! Creo que vamos a tener que dejar de lado el tratamiento formal. Así no nos entendemos.
-¿Qué tratamiento? No sabía que ya me había recetado algo.
-Me refería al tratamiento de usted.
-Ya, al mío me refiero yo también, ¿qué es lo que debo tomar?
-Nada, déjelo, es igual. Antes le pregunté que cómo se sentía.
-¿Cuándo?
-Antes.
-¿Antes de qué?
-Antes le pregunté que cómo se siente ahora.
-¿Quiere que se lo diga ahora o antes? Antes ya no se lo puedo decir porque el inexorable devenir lineal del tiempo me lo imposibilita. Pero si tenemos en cuenta que ahora será antes dentro de un momento creo que me he bloqueado.
-No sufra. ¿Qué tal se siente ahora?
-Mucho peor.
-¿Por qué?
-Ahora lo que no veo claro es el pasado.
-Tal vez esté falto de memoria.
-Pues no lo deje pasar, doctor. Debería tomar usted más fósforo.
-¡Me refiero a usted!
-¿Falto de memoria? ¿Yo? Está usted muy equivocado, señor agente.
-¿Lo ve? No tiene usted recuerdos a corto plazo.
-Ahora lo veo todo claro. Creo que está tratando de confundirme, señor profesor.
-El diagnóstico de su mujer es bastante acertado.
-¿Qué le ocurre a mi mujer? Dígamelo, sin trapos calientes.
-Se dice sin paños calientes.
-No es momento de sacar los paños sucios.
-Se dice sacar los trapos sucios.
-Veo que es usted el puto amo de la jerga del sector textil, ¡vaya tela!
-No quisiera faltarle al respeto, pero dígame qué más puedo hacer por usted. Tengo más pacientes que atender.
-¿Y son pacientes de verdad?
-Por supuesto.
-Entonces no les importará esperar, pues la paciencia es la cualidad que define al paciente.
-Bueno, déjese de tonterías. ¿Desea algo más?
-Sí, un café y media tostada con aceite, camarero.
-Tenía usted razón. Está fatal. Memoria de mosquito, vista de murciélago, y por si esto fuera poco, veo que tiene patas de gallo.
-¿Insinúa usted que sufro una especie de metamorfosis animal?
-Se podría decir que, en el plano conceptual y desde el punto de vista meramente teórico, es usted una esfinge venida a menos.
-¿Cree que me estoy transformando en un ser mitológico?
-Verá, de mito tiene usted poco y de lógico menos todavía, así es que no.
-¿Qué me dice sobre mi belleza interior?
-Que debe de tener usted un bazo muy hermoso.
-Gracias, preciosa. Lo tengo hermoso y además suave.
-¿Suave?, ¿el bazo?
-En efecto. Aunque sería más acertado decir los bazos.
-¿Bazos?, ¿acaso cree tener más de uno?
-Por supuesto, tengo dos. Me los hice depilar junto con las piennas a través de rayos lácer.
-Querrá usted decir rayos láser.
-No, lo siento pero no lo querré decir.
-Mire, señor, se me está agotando la paciencia.
-A mí también. Hace más de un cuarto de hora que le pedí un café y media tostada, ¿a qué coño espera?
-No me parece muy apropiada su elección.
-¿Y eso por qué?
-Considero que a su empanada mental le va mejor un poco de vino de aguja.
-¿Rosado?
-No. Hipodérmica.
-Pues no se hable más. Le invito a una ronda, señor agente.



martes, 24 de mayo de 2011

Artículo de primera necedad, es decir, necio de primera. Ansiedad, maldito engorro.



Ansiedad, maldito engorro,
vete ya, para no volver,
cuando quieras venir, le echo morro,
y ya, si acaso, te llamaré.






Ha vuelto. Ya está aquí de nuevo. No me refiero al calor, que también. Ni a las rebajas, que aún no. Es la crisis. No la crisis de los brotes verdes, sino la otra, la de ansiedad. Bueno, en realidad ésta última no se concibe sin la primera. La económica, la de los brotes de soja (es lo único que nos podremos permitir para comer si dura un poco más), es ya una vieja conocida. Se instaló hace unos años en casa y no hay forma de echarla. Ya se sabe, donde viven dos, viven tres. O donde viven tres, viven cuatro, y así sucesivamente. A la que ya no esperaba era a la ingrata ansiedad, pero una vez más se ha vuelto a cruzar en mi camino.
He estado pensando (espero que no sirva de precedente ni para que se generen infundadas expectativas sobre mi capacidad de raciocinio). Como decía, he pensado. Resulta paradójico. Una crisis que conduce a otra. Causa y consecuencia a la vez. Tengo la crisis perfecta, la crisis absoluta. La crisis me genera ansiedad y viceversa, una especie de monstruo que se retroalimenta, nutriéndose de sí mismo. No estoy seguro, pero creo que en términos clínicos podríamos estar hablando de una crisis autoinmune. Quizás me iría mejor si hubiese sido una crisis autocrítica. Seguramente se lo habría pensado dos veces antes de volver a visitarme.
Tal vez debería sentirme afortunado, un privilegiado. Tengo dos. Dos es más que una, ¿no? La crisis de las briznas herbáceas y la de ansiedad, ¿qué más puedo ansiar?
Me siento mal. Seguramente alguien pensará que, en ese caso, tendría que aprender a sentarme mejor. Es posible que tenga razón, a pesar de no haber entendido lo que quería decir. Lo que siento no es precisamente ansiedad de tenerte en mis brazos. Ni tampoco de musitar palabras de amor. Es, más bien, una ansiedad galopante. No, no es que me apetezca montar a caballo, cosa que me provocaría, si cabe, más angustia todavía.
En ocasiones tengo la sensación de que me falta el aire. He oído decir que es bastante necesario para vivir, por lo que entiendo, con buen criterio, que algo no funciona bien. Imagino que una vida sin aire no tiene demasiado sentido, aunque prefiero no pensar mucho en ello, ya que este tipo de razonamientos son los que dan de comer a mi ansiedad (no como yo, que me alimento de hierba fresca).
Esta vez estoy decidido a plantarle cara. Voy a darle bien todo lo que tengo. A darle de lado, a darle largas, a darle esquinazo y a darle por culo, hasta que me abandone definitivamente. Si de lo que se trata es de hacerle el vacío no hay problema, tengo un aspirador que aspira. Sin lugar a dudas, lograré vencer. Tengo aliados para este combate. El sentido del humor por un lado, y por otro, ayuda farmacológica. Un medicamento al que, por no darle demasiada importancia, llamaremos mazapán.

martes, 17 de mayo de 2011

Sucesos par(i)dos…un aspirador que no aspira







-Buenos días, quisiera hablar con el encargado.
-Con el encargado, ¿de qué?
-Con el dependiente.
-¿De qué?
-Dependiente.
-No. Le pregunto que con el encargado o el dependiente de qué quiere hablar.
-Pues quiero hablar sobre la vida amorosa de los cetáceos, no te fastidia.
-Señor, tranquilícese. No le pregunto sobre qué tema quiere hablar con él, sino con el encargado o dependiente de qué sección quiere hablar.
-Con el que atiende las quejas y reclamaciones.
-Desafortunadamente no está, pero yo mismo le podré ayudar, soy un gran amante de la vida submarina, ¿qué desea saber sobre el sexo entre ballenas?
-Estaba siendo sarcástico, ¿entiende usted?
-No, lo siento. Yo soy heterosexual.
-Digo que si sabe lo que es el sarcasmo.
-Creo que es la caja donde enterraban a los faraones.
-No, craso error. Eso sería un sarcófago.
-¡Vaya estupidez! Apuesto a que un sarcófago es alguien que come carne de animales muertos. ¿Afirma usted ser un sarcófago?
-No. Soy sarcástico.
-¿Eso es contagioso?, ¿está usted enfermo?
-No estoy enfermo, pero usted me está poniendo un poco.
-Lamento contrariarle de nuevo. Me reafirmo en mi condición sexual y, en cualquier caso, usted a mi no me pone en absoluto.
-¡Digo que soy sarcástico!
-¿Perdón?
-¡¡Sarcástico!!
-Ya le he oído, no hace falta que grite. Le pedía disculpas porque no he podido reprimir una ventosidad. De todas formas, parece estar usted muy orgulloso de comer carne muerta.
-Oiga, yo no como carne muerta. Bueno…sí, ¿qué más le da?
-No, si a mí no me importa… Yo soy vegano de grado 5. No como nada que proyecte sombra.
-Muy interesante, pero me da igual su dieta. Tengo un problema.
-Mire, esto es una tienda de electrodomésticos. El psicólogo está justo en el local de arriba. Le curará muy bien de la necrofagia esa que padece.
-No me ha entendido. Tengo un problema con ustedes.
-¡Ah! ¿Cuál es el problema? Dígame, dígame.
-Verá, la semana pasada compré un aspirador y resulta que no cumple su función.
-¿Qué es lo que espera usted de él?
-Pues que aspire.
-¿No aspira?
-No.
-¿Nada?
-¡Por Dios! ¿Cómo va a nadar?, ¿es usted gilipollas?
-No. Le pregunto que si no aspira nada.
-¡Ah! Lo siento. No. No aspira nada.
-No se preocupe. A mi hijo le ocurre lo mismo.
-¿Cómo dice?
-Mi hijo, que no tiene metas en la vida, no se le ve ilusión por las cosas. En definitiva, que no aspira a nada tampoco.
-Ya, bueno. Pero mi aspirador no es igual que su hijo.
-Soy consciente de ello. Es algo que se le pasará. Espero que cuando madure sea capaz de valorar lo que su madre y yo hemos hecho por él.
-Muy bien, pero ¿qué hago yo con mi aspirador?
-Busque ayuda. Un psicólogo podría ofrecerle asesoramiento. Arriba tenemos uno.
-¡Oiga! ¡Yo no necesito orientación psicológica!
-A nosotros también nos costó asumirlo. El primer paso fue reconocer como propia la incapacidad para acercarnos a nuestro hijo.
-¡Ya! Pero, ¿cómo puedo aplicar esto con mi aspirador?
-No sé, trate de hablar con él, no se muestre distante. Utilice su inteligencia, hombre.
-¡Basta! Lo que quiero es que el aspirador haga lo que espero de él.
-Veo que además de sarcófago es usted un intransigente. No sea tan duro con él.
-¿Qué quiere que haga? Fui educado en el seno de un hogar estricto. Nos gusta que las cosas funcionen como es debido.
-Tenga un poco de mano izquierda.
-Oiga, lo que  tengo es la casa hecha un asco.
-¡Hombre! Ahora lo entiendo todo. Es usted el típico cerdo que debería aprender a predicar con el ejemplo. ¿Cómo pretende que el aspirador asuma su papel si usted como padre es un auténtico puerco asqueroso?
-¡La culpa de que mi casa esté hecha una pocilga es del maldito aspirador!
-Veo que usted es incapaz de asumir las responsabilidades propias de un adulto. Culpando a los demás de su propia ineptitud no va a solucionar las cosas. Debería darle vergüenza, ¡madure de una vez!
-Mire, esta conversación no nos lleva a ningún sitio. Creo que el problema está en que el aspirador no hace bien el vacío.
-¿Y a eso le llama usted problema?
-¿Cómo dice?
-El hecho de que el aspirador no le haga el vacío es un primer paso, quiere decir que le escucha y que no le ignora.
-Verá, en realidad yo lo que quiero es devolverlo todo…
-Eso sí que no se lo voy a consentir, ¡en mi mostrador no vomita ni Dios! ¡Váyase usted a echar la pota a su mugrienta y cochambrosa guarida!
-Me temo que no me ha entendido. Le digo que quiero devolver el aspirador con todos sus accesorios.
-¿Pero cómo ha sido usted capaz de zamparse el aspirador, los tubos y la escobilla? ¿No ve que le puede hacer daño? ¿Qué se ha creído usted, un aspirador de aspiradores, un aspiradófago? Así no me extraña que no vaya bien…
-Mire, de verdad, déjelo. No puedo más. No quiero un aspirador que no funciona. Aquí se lo dejo. Renuncio a cualquier tipo de reembolso económico. Desisto.
-Vamos, hombre, no me sea tremendista.
-¿Ah, no? ¿Y qué quiere que haga? ¿Para qué me sirve un aspirador que no aspira?
-Pues verá, los reproductores de música no tienen descendencia y nadie se rasga las vestiduras. Igual que las neveras, que tampoco nievan. Ni las radios tienen diámetro. Por no hablar de las llaves inglesas, que no hablan idiomas. No lo tome todo en el sentido literal, no sirve de nada.
-Vaya, en estos momentos creo que el que no sirve para nada soy yo.
-No, hombre, claro que sirve, tan sólo debe aspirar a más.



martes, 10 de mayo de 2011

Historias de una indudable mente casta...Tengo una Duda












Mi nombre es lo de menos. No es que me llame Lodemenos, que por otra parte es un nombre genial. De hecho suena a héroe mítico de batalla griega: Lodemenos de Argos, por ejemplo. Lo que quiero decir es que no importa cómo me llamo. Bueno, a mí sí que me importa, pero en esta ocasión no viene a cuento.

Ocurrió, más o menos, hace un mes. Lo sé porque recuerdo perfectamente que me hallaba sentado, en la barra del bar Celona, bebiendo. Bebía en silencio, necesitaba algo de tranquilidad. Alejado del ruido y el bullicio, me pareció muy oportuno y apropiado pedir ron Nogrita. En ocasiones olvido que bebo para olvidar mi problema con el alcohol y la falta de memoria. Me hallaba enfrascado en mis pensamientos, cautivo por un tan repentino como inusual y lúcido destello de fervor místico-gastronómico. Recuerdo que trataba de encontrar el nexo común al arrepentimiento, la resurrección de la carne y la docena y media de chuletas de cordero que había cenado la noche anterior. Estaba a punto de dar con la clave de la encrucijada a la que mis propios pasos mentales me habían conducido cuando de repente me asaltó una Duda. Fue por la espalda. Un ataque limpio, una acometida certera. En unos segundos la Duda se había adueñado por completo de mí, tomando desde ese mismo instante, las riendas de la situación. No era una duda cualquiera. Tampoco lo era lechera. No. No era esa clase de duda. Era, más bien, una duda con clase. Durante unos minutos me tuvo a su merced. Afortunadamente resultó ser una duda razonable y acabamos alcanzando un compromiso. Fijamos la boda para el mes siguiente. Sin duda, una nefasta idea. Sin embargo, es decir, al corriente del pago de la hipoteca, seguimos bebiendo, ahora juntos y entre risas, para celebrar nuestro dudoso y desesperanzador enlace.

Ignoro cuanto tiempo transcurrió. Tampoco recuerdo cómo llegué a casa, pero el caso es que sé que la Duda me acompañó en cada momento, no me cabe la menor duda. ¿Debería ponerme calcetines para dormir?, ¿pasaría frío?, ¿me apetecería leer?, ¿era buena hora para poner una lavadora? Ni idea. No era capaz de encontrar respuestas a las cuestiones más triviales. Decidí acostarme con la Duda para, de ese modo, consumar nuestra extraña relación. Sin duda, o mejor dicho, con ella, fue una noche memorable.

El alba me arrancó del profundo sueño en el que me hallaba sumido. O tal vez sería mejor decir sumergido, pues si no recuerdo mal, me encontraba en la playa, tratando de salir a flote, luchando por no perecer ahogado en un mar de dudas. Al despertar me sorprendí pensando en René Descartes. Supongo que nadie mejor que él consiguió “descartar” sus dudas. A decir verdad, me vino a la mente su conocido, aunque para mí dudoso, Método, un Discurso en el que expone, con exquisita ambigüedad y una elaborada prosa enrevesada, una serie de artimañas manifiestamente rocambolescas para tomar conciencia de su propia existencia. “Cogito ergo sum” o “Pienso, luego existo”. Racionalismo en estado puro. ¡Y una mierda! ¡Qué disparate! ¿En qué coño estaría pensando? Se nota que en el siglo XVII no había programas del corazón ni prensa rosa. Afirmar que la existencia de una persona depende de su capacidad para pensar es tan inaudito como sostener que las mañanas de Telecinco apuestan por la cultura. ¿Alguien duda de la existencia de Ana Rosa Quintana o de Belén Esteban? ¿Alguien cree que piensan? Señoría, no hay más preguntas.

En algún momento de la mañana, mientras dudaba entre desayunar en casa o de camino al trabajo, lo comprendí todo, o al menos eso creí entonces. Comprendí que la Duda era necesaria. No en vano, la duda es la sal de la vida. Ésta no es una afirmación gratuita. Imagino que todos habréis estudiado algo de química inorgánica, por lo que sabréis que el nombre científico de la sal el clodudo de sodio.

Los días que sucedieron a nuestro primer encuentro sirvieron para estrechar, más aún si cabe, los lazos que me habían unido a la Duda. Descubrí de ese modo, que procedía de una familia de dudosa reputación. Según parece, aunque de origen campesino, pues en el pasado fue una familia que sembraba dudas, en la actualidad, tal y como me confesó, dirigen un grupo empresarial que arroja pingües beneficios. Me pareció entender que se referiría al beneficio de la duda, ya que me pidió que se lo concediera. Me habló de sus inversiones en Duda Pública, pese a la desconfianza que genera y a la incertidumbre actual que planea sobre el Tesoro. Según me dijo, ahora, más que nunca, había que estar a las dudas y a las maduras. Supongo que no estaba bromeando cuando me lo comentó, ya que, al parecer, existen serias dudas sobre la cuestión.

Sin ningún género de dudas, ella era mi Duda del género femenino, o al menos eso me pareció en ese momento. Ahora no estoy tan seguro de ello. De hecho, no quiero que la Duda vuelva a entrar en mi vida. No hay sitio para ella, no me cabe duda alguna ya. ¿Sabéis por qué? Pues os lo voy a contar. El día de nuestra boda no se presentó. Yo lo tenía clarísimo y supongo que, consecuentemente, mis dudas desaparecieron por completo, llevándose consigo a la que tanto quise. Pude comprobar y comprender, tan sólo entonces, el motivo por el que se suele decir que la duda ofende.

Ahora ya no tengo dudas. No pienso las cosas. Tal vez no exista, pero no me importa. Si algo he aprendido de esta historia es que si bebes, no con dudas.



lunes, 9 de mayo de 2011

Sigilismos, es decir, afirmaciones silenciosas gilipollescas. Parte tres






-Si levanto en peso a mujeres sádicas y señoras de la tercera edad, ¿aguanto a las duras y a las maduras?

-Si veo una película sobre la Segunda República Española, ¿será una película de hazañas o de Azañas?

Si se rompe el fax de la oficina justo en el peor momento ¿nos quedaremos faxtidiados?

-Si soy un gentleman de esos que no pasan ni frío ni calor, ¿seré un Caballero del Temple?

-Si te quiero un huevo y parte del otro. Si por ti doy la cara, me parto el pecho y lucho a brazo partido. Si te regalo algo que me cuesta un riñón y un ojo de la cara. Si ya te entregué mi corazón, ¿cuál es mi grado de discapacidad o, en todo caso, cuál será mi esperanza de vida?

-Si en un fin de semana visito más de 80 catedrales, ¿acabaré padeciendo claustrofobia?

-Si un cura está muy bien peinado, ¿es realmente necesario que pase el cepillo?


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